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50 años: una oportunidad única para convertirte en tu mejor versión

Cumplir 50 años puede parecer el momento en el que empezamos a aceptar determinadas frases como inevitables:

«Ya no recupero como antes.»

«A mi edad es normal.»

«Ya no estoy para esas cosas.»

Pero ¿y si estamos enfocándolo mal?

¿Y si cumplir 50 años no fuera el principio de una renuncia, sino una oportunidad extraordinaria para empezar a tomarnos en serio a nosotros mismos?

A esta edad sabemos algo que normalmente no entendíamos con 25: el tiempo pasa muy rápido.

También sabemos lo fácil que resulta desaparecer detrás del trabajo, los hijos, las responsabilidades y las necesidades de los demás. Poco a poco vas cediendo pequeños espacios hasta que un día descubres que llevas años cuidando de todo excepto de ti.

La buena noticia es que puede cambiarse.

Y quizá tengas mucho más margen del que imaginas.


Ponerse en forma después de los 50: tengo 59 años y esto ya no es teoría para mí

Tengo 59 años y quiero contar mi experiencia porque todo lo que viene después nace de algo que estoy viviendo ahora mismo.

El deporte ha formado parte de mi vida desde muy joven. Practiqué ciclismo y también culturismo durante una etapa de mi juventud. Nunca utilicé anabolizantes; entrenaba, cuidaba la alimentación y aprendí bastante sobre trabajo muscular.

Después llegó la vida.

Paternidad, trabajo, responsabilidades…

Y durante una etapa, como les ocurre a muchísimas personas, te abandonas bastante.

Hace aproximadamente veinte años recuperé la práctica deportiva regular y el ciclismo volvió a ocupar un lugar muy importante en mi vida.

Salgo en bicicleta, entreno y puedo pasar muchas horas pedaleando.

Así que durante mucho tiempo pensé:

«Estoy en forma.»

Hasta que mi propio cuerpo empezó a hacerme algunas preguntas.


Montar mucho en bicicleta no significaba que estuviera entrenando todo mi cuerpo

Trabajo muchas horas sentado y durante años mi actividad deportiva fue fundamentalmente ciclismo.

Cardiovascularmente podía encontrarme bien. Podía hacer kilómetros, pasar horas sobre la bicicleta y afrontar esfuerzos importantes.

Pero hace aproximadamente dos años empezaron a aparecer molestias.

Un hombro que dolía aparentemente sin venir a cuento.

Molestias en las rodillas.

La tendinopatía de la pata de ganso que podía reaparecer cuando menos lo esperaba.

No puedo afirmar que esas molestias fueran consecuencia del ciclismo o de trabajar sentado. Eso requeriría una valoración profesional.

Pero sí provocaron una pregunta:

¿Estaba entrenando realmente todo lo que mi cuerpo necesitaba?

Mi respuesta fue no.

Pedaleaba mucho.

Pero prácticamente no hacía trabajo de fuerza.

Así que decidí volver al gimnasio.


A los 58 años volví a levantar pesas

El gimnasio no era nuevo para mí.

De joven había practicado culturismo. Conocía los ejercicios, sabía trabajar los distintos grupos musculares y recordaba perfectamente lo que significaba acercarse al fallo muscular.

Mi cabeza sabía entrenar.

El problema fue descubrir que mi cuerpo no respondía como mi cabeza recordaba.

Entraba al gimnasio con ganas y aproximadamente a los 45 minutos estaba reventado.

Me costaba mantener la calidad de las series y llegar al fallo muscular con potencia. Parecía que el organismo entero se quedaba sin gasolina antes de que el músculo hubiera recibido el estímulo que buscaba.

Y durante bastante tiempo me resigné.

Pensé:

«Bueno. Tienes casi 60 años. Será esto.»

Ahora sé que aquella conclusión era demasiado precipitada.

Porque existe una diferencia enorme entre decir:

«Esto es lo que me ocurre ahora»

y decir:

«Esto es lo máximo que puedo conseguir a mi edad».


Ciclismo sí. Pero también fuerza

Esta ha sido una de mis grandes lecciones.

El ciclismo es extraordinario, pero eso no significa que por sí solo cubra necesariamente todas nuestras necesidades físicas.

No quería dejar la bicicleta.

Todo lo contrario.

Quería construir un cuerpo que me permitiera seguir disfrutándola durante muchos años.

Así que el gimnasio dejó de ser algo accesorio y empezó a formar parte del mismo proyecto.

Y entonces comencé a prestar mucha más atención a otra parte de la ecuación:

alimentación y recuperación.


¿Estoy dando a mi cuerpo lo que le estoy exigiendo?

Siempre he sido bastante reacio a recurrir a productos. Prefiero que la base sea una alimentación normal y sigo pensando exactamente igual.

Pero también comprendí que estaba exigiendo bastante a mi organismo.

Trabajo muchas horas sentado.

Monto en bicicleta.

Entreno fuerza.

Tengo 59 años.

Quiero recuperar, conservar musculatura, mantener fuerza y poder volver a entrenar.

Así que dejé de preguntarme:

«¿Quiero tomar suplementos?»

Y empecé a hacerme una pregunta bastante más útil:

«¿Estoy proporcionando a mi organismo todo lo que necesita para aquello que le estoy exigiendo?»

Hace aproximadamente un mes decidí probar una estrategia que incorpora cuatro productos:

Creatina Creapure® 500 g

ISOZERO ISOLAC Platinum Series Oxypro 1,8 kg

Fish Oil Omega-3 Oxypro

Magnesio Oxypro

Y aquí empieza la parte que más me ha sorprendido.


Cuatro semanas después, la diferencia que percibo es extraordinaria

Quiero ser muy claro.

No puedo demostrar qué parte de lo que estoy experimentando corresponde a la creatina, cuál a la proteína, al omega-3 o al magnesio.

Tampoco puedo separarlo del entrenamiento, la alimentación, el descanso, la adaptación al gimnasio y veinte años practicando deporte regularmente.

Por tanto, esto es mi experiencia personal, no una promesa sobre lo que le ocurrirá a otra persona.

Dicho esto, la diferencia que percibo en el gimnasio es extraordinaria.

Las series salen.

Mantengo la intensidad durante más tiempo.

Cuando quiero acercarme al fallo muscular, llego a esas últimas repeticiones con una sensación de potencia que no tenía.

Mi resistencia es notoriamente superior.

Y eso ha provocado algo todavía más importante:

he recuperado el placer de entrenar fuerte.

Mi cabeza sabía hacerlo.

Ahora vuelvo a sentir que mi cuerpo responde.


Pero la mayor sorpresa no ha sido muscular

Esto no me lo esperaba.

Me encuentro extraordinariamente despejado.

Percibo una claridad mental que me está sorprendiendo.

Tengo la sensación de pensar más rápido, mantener varias cuestiones simultáneamente en la cabeza y trabajar con mayor agilidad.

¿Puedo afirmar que se debe a uno de estos suplementos?

No.

¿Puede estar relacionado también con el ejercicio, el descanso, la alimentación, encontrarme físicamente mejor o la combinación de todo?

Perfectamente.

Y precisamente porque no puedo aislar la causa, no voy a convertir una sensación personal en una afirmación científica.

Lo importante para mí es otra cosa:

me encuentro mejor. Mucho mejor.


Los cuatro botes no son los protagonistas de esta historia

Esto es fundamental.

Si alguien termina esta entrada, compra cuatro productos y continúa sentado en el sofá, duerme cinco horas, come mal y no hace ejercicio, habrá entendido exactamente lo contrario de lo que quiero contar.

Mi historia no empezó hace cuatro semanas.

Empezó hace muchos años.

Antes de los suplementos llegaron miles de kilómetros en bicicleta.

Después llegó el gimnasio.

Y ahora ha llegado una mayor atención a la nutrición y la recuperación.

Los suplementos pueden ser herramientas.

El trabajo tienes que hacerlo tú.

Entrenamiento.

Alimentación.

Fuerza.

Actividad cardiovascular.

Descanso.

Sueño.

Buenos hábitos.

Y, cuando tiene sentido, suplementación.

No busques una solución milagrosa.

Construye un sistema.


No necesitas llevar veinte años haciendo deporte

Porque yo tampoco empecé teniendo veinte años de experiencia.

Empecé un día.

Eso es todo.

No pienses ahora mismo en hacer 100 kilómetros.

Haz 10.

Si 10 son demasiados, haz 5.

Si no puedes correr, camina.

Si nunca has hecho fuerza, empieza poco a poco y aprende a hacerlo correctamente.

No intentes cambiar diez hábitos malos el lunes.

Cambia uno.

Y cuando empiece a formar parte de tu vida, trabaja sobre el siguiente.

La constancia tiene algo maravilloso.

Al principio parece que no ocurre nada.

Repites.

Repites.

Repites.

Y un día miras hacia atrás y descubres que has cambiado.


La motivación está sobrevalorada

Esta es una de las ideas que más claras tengo.

La motivación es fantástica.

Pero tiene un problema:

no siempre aparece cuando la necesitas.

Es fácil salir en bicicleta un domingo de primavera cuando hace buen tiempo, has dormido bien y tienes ganas.

El verdadero compromiso aparece aquel martes en el que llevas muchas horas trabajando sentado.

Estás cansado.

No te apetece ir al gimnasio.

Podrías no ir y nadie te pediría explicaciones.

Tu cerebro empezará inmediatamente a negociar contigo:

«Mañana entrenaré mejor.»

«Hoy he trabajado mucho.»

«Por perder un día no pasa nada.»

Algunas veces descansar será precisamente lo correcto.

Pero otras sabes perfectamente lo que ocurre.

Simplemente no tienes ganas.

Y ahí aparece la diferencia entre motivación y disciplina.

Disciplina es poder decir:

«Hoy no tengo ganas. Pero dije que lo haría.»

Y hacerlo.

No obsesivamente.

No ignorando una lesión, una enfermedad o la necesidad real de descansar.

Disciplina no significa castigarte.

Significa cumplir el compromiso que adquiriste contigo mismo.

Y si un día fallas, vuelves al siguiente.

Eso también es disciplina.


Cumple contigo

Durante nuestra vida cumplimos compromisos con todo el mundo.

Vamos a trabajar aunque no tengamos ganas.

Atendemos clientes.

Pagamos facturas.

Cuidamos a nuestros hijos.

Ayudamos a nuestros padres.

Respondemos cuando un amigo nos necesita.

Pero hay una persona a la que dejamos demasiadas veces para mañana:

nosotros mismos.

Y existe una pregunta incómoda que merece la pena hacerse:

Si continuamente incumplo las promesas que me hago a mí mismo, ¿qué valor acaba teniendo mi palabra para mí?

Me dije que entrenaría.

Entreno.

Me dije que cuidaría mi alimentación.

La cuido.

Me dije que quiero llegar fuerte a viejo.

Estoy trabajando para conseguirlo.

No perfectamente.

Pero constantemente.

Porque cada vez que cumples una pequeña promesa contigo ocurre algo extraordinario:

empiezas a confiar en ti.


Invertir en salud cambia el significado de la palabra «caro»

Nos gastamos dinero en muchísimas cosas.

Un teléfono.

Un coche.

Una televisión.

Una cena.

Objetos que dentro de unos años probablemente ni recordaremos.

Y, sin embargo, muchas veces nos cuesta invertir tiempo y dinero en nosotros.

Una bicicleta.

Un gimnasio.

Una buena alimentación.

Unas zapatillas.

Un fisioterapeuta cuando hace falta.

Una revisión médica.

Tiempo para dormir.

Tiempo para entrenar.

A los 59 años lo veo de otra manera:

no estoy gastando en deporte. Estoy invirtiendo en el hombre que quiero ser dentro de diez o veinte años.

No sé si llegaré a los 79.

Nadie lo sabe.

Pero si llego, quiero haber hecho todo lo razonablemente posible para que aquel hombre tenga fuerza, movilidad, autonomía y ganas de seguir haciendo cosas.

Eso sí puedo empezar a trabajarlo hoy.


Y un día llega el puerto

Quienes llevamos muchos años montando en bicicleta sabemos que los puertos tienen algo difícil de explicar a quien nunca ha subido uno.

Al principio peleas contra la pendiente.

Después contra las piernas.

Más arriba contra la respiración.

Y cuando llevas suficiente tiempo subiendo, terminas peleando contra tu propia cabeza.

Estás tú.

Tu respiración.

Tu bicicleta.

Y esa conversación interior que normalmente conseguimos tapar con trabajo, teléfono, televisión, obligaciones y ruido.

Quizá por eso la bicicleta termina siendo para muchos bastante más que deporte.

En thebike.es hemos hablado de esta otra dimensión del ciclismo:

El ciclismo como terapia para la depresión: equilibrio químico y bienestar emocional

El ascenso y el descenso: lecciones del ciclismo para la vida

El puerto más difícil: el viaje que te enseña a superarte y amar el camino

Porque quizá llegue un día en el que, subiendo lentamente un puerto, descubras algo que no estabas buscando cuando compraste aquella bicicleta:

hacer las paces contigo mismo.


A los 50 no se acaba nada

A los 50 sabemos cosas que no sabíamos a los 25.

Sabemos lo rápido que pasan diez años.

Sabemos qué problemas eran realmente importantes y cuáles nos quitaron el sueño inútilmente.

Sabemos que el dinero va y viene.

Que los hijos crecen.

Que nuestros padres envejecen.

Y empezamos a comprender que nuestro propio tiempo también es limitado.

Eso no debería servir para resignarnos.

Debería servir para despertarnos.

No podemos controlar todo lo que nos ocurrirá.

Hacer deporte no garantiza que nunca enfermemos.

Comer bien no nos vuelve invulnerables.

Ningún suplemento puede prometerte salud futura.

Pero sí podemos actuar sobre muchas cosas.

Moverte.

Entrenar.

Mantener fuerza.

Descansar.

Intentar dormir mejor.

Comer razonablemente bien.

Abandonar hábitos que sabes que te perjudican.

Pedir ayuda cuando la necesitas.

Y volver a empezar todas las veces que haga falta.


Hoy tengo 59 años

Después de unos veinte años practicando deporte regularmente, aproximadamente un año desde que decidí recuperar el entrenamiento de fuerza y cuatro semanas prestando especial atención también a nutrición, recuperación y suplementación, me encuentro en un momento que sinceramente no esperaba.

Mi rendimiento en el gimnasio ha cambiado de una forma que percibo claramente.

Mi resistencia es mayor.

Las series salen.

Puedo aproximarme al fallo muscular con una potencia que antes no tenía.

Mentalmente siento una claridad y una agilidad que me están sorprendiendo.

No sé cuánto corresponde a cada cosa.

Y no necesito inventarme una explicación para contarlo.

Lo que sí sé es que todo empezó con una decisión:

dejar de resignarme.

No quiero volver a tener 25 años.

Quiero descubrir hasta dónde puede llegar el hombre que soy ahora.

Y a día de hoy puedo decir algo que jamás pensé que diría a los 59:

siento que soy, con mucha diferencia, la mejor versión de mí mismo que he conocido.

No la más joven.

No la que levantaba más peso.

La mejor versión completa.

Física.

Mental.

Anímica.


Quizá tu mejor versión todavía no haya llegado

Puede que tengas 50.

No puedes cambiar los años que ya han pasado.

Pero puedes decidir qué haces con los que vienen.

No intentes cambiar tu vida entera mañana.

Empieza pequeño.

Hazlo sostenible.

Sé constante.

Y cuando desaparezca la motivación —porque desaparecerá— recuerda que precisamente ahí empieza la disciplina.

Haz lo que tienes que hacer porque te dijiste a ti mismo que lo harías.

Cuida tu cuerpo.

Cuida tu cabeza.

Cambia poco a poco aquello que sabes que debes cambiar.

Y si fallas un día, vuelve.

No esperes al lunes.

No esperes a enero.

No esperes a estar motivado.

Empieza.

Porque quizá dentro de unos años descubras algo que hoy todavía no eres capaz de imaginar:

La mejor versión de tu vida no tiene por qué haber quedado atrás.

Puede que todavía esté por llegar.

Y construirla empieza con una promesa muy sencilla:

Cumple contigo.

Probablemente sea la mejor inversión que puedas hacer en toda tu vida.

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